LA REALIDAD A UNA TINTA

 

Carlos Salazar Arenas es una de las figuras más prometedoras de la pintura nacional. Sus registros monocromáticos, políticos y de denuncia, lo han convertido en el nuevo representante del pop art con conciencia en el país.

 

Por Jaime Andrés Monsalve B *.

 

El apartamento de Carlos Salazar Arenas tiene al menos tres espacios diferentes en los que la pintura nace y se hace. Son muchos, considerando el reducido espacio de las actuales soluciones de vivienda en Bogotá. Por una parte, está el estudio propio del artista, un cuarto de visitantes invadido por lienzos, pinceles, soportes de madera y manchones. Los otros dos estudios se encuentran en la sala: son la pequeña mesa de dibujo de sus hijos, Violeta, de ocho, y Tomás, de cuatro y el espacio donde trabaja su esposa Michelle, quien también es artista e ilustradora y además el soporte del hogar, pues se ha encargado de los niños y como dice Salazar Arenas “es una madre ejemplar”

Buena parte del día de este artista se va en los niños, los suyos y los ajenos. Muy a las 8:00 a.m. ya está impartiendo clases de artes plásticas en el Gimnasio Moderno de Bogotá, un trabajo que, lejos de considerarlo como una fuente de ingresos adicional, Salazar Arenas ha interiorizado como parte de su vocación. Pocos como él para capturar la atención de su joven audiencia. “De repente, cuando veo que no están prestando mucha atención –comenta–, hago uso de una de mis aficiones: los trucos de magia. Con un par de juegos de magia en clase, los estudiantes se entretienen y se enfocan de nuevo en el tema”.

En los últimos días el pintor, nacido en Bogotá en 1973, se está tomando su oficio con tranquilidad. En Mayo realizó una exposición individual llamada ¿Cuál crisis? En Bogotá, lo cual lo mantuvo en ardua actividad durante las primeras semanas del año pintando aquí, retocando allá. Ahora, con toda la calma del caso, está dedicado a planear su próxima muestra a finales de este año en Madrid, mientras adelanta sus estudios de Maestría en Estética e historia del arte.

“Yo trato de manejar muy bien mis tiempos –asegura–. Cuando no estoy en función de pintar, me van surgiendo ideas pues, por fortuna, para la mente no hay problemas de tiempo y espacio. Para mí lo complicado es la idea, no la ejecución de esa idea”. Cuando se contempla su obra, dueña de una rigurosidad espartana, esas palabras pueden sonar a falsa modestia. Su nombre hoy hace parte de un grupo de exitosos exponentes del arte pictórico en el que se encuentran, entre otros, colegas como Saúl Sánchez, Marco Mojica, Daniela Mejía y Eva Celín, unidos todos ellos por su juventud pero claramente diferenciados en sus maneras de abordar la pintura.

Sus registros, que él llama “manchas sobre manchas” son casi fotográficos, y son trabajados en forma monocromática, es decir, sólo con matices de un mismo color. Se trata de reproducciones de imágenes siempre vistas en diarios y revistas nacionales: soldados y guerrilla en acción, desplazados por la violencia, sobrevivientes de tragedias, heridos en combate y un largo etcétera; llevadas al lienzo casi que al dedillo, a veces con variaciones sutiles, otras veces con intervenciones más notorias, pero siempre con el figurativismo y el hiperrealismo como bandera.

 

Triste, pero cierto

El poeta y ensayista Federico Díaz-Granados explica que “Carlos Salazar Arenas encuentra en el tema del conflicto y de la guerra el mejor asidero para cifrar las claves de un lenguaje propio que nos habla a todos desde la orilla de la estética y el asombro”. Para el escritor y crítico Fernando Toledo, el artista “consigue reconciliar lo cotidiano con la estética y a partir de ahí tiene la capacidad de convertir aquellos contenidos que le interesan, y con los cuales a la postre termina por vincular al espectador, en planteamientos plásticos con una fuerza que sorprende”.

Salazar Arenas encuentra en algunos de los viejos maestros de la pintura su interés en manifestarse políticamente por medio del arte. Sus métodos de trabajo distan de los de Picasso, Goya, Beatriz González y demás gestores de un arte con conciencia. Acaso están mucho más cerca de los de Gerhard Richter, Sigmar Polke o Martin Kippenberger, a quienes considera sus mayores influencias.

El interés por la monocromía nació mientras hacía estudios de Artes Plásticas en la Universidad Nacional. Corría la primera mitad de los años 90, una época tan complicada como la actual en materia de orden público, con el agravante de que el mandatario de turno, Ernesto Samper, era ampliamente cuestionado. Dado que su alma máter era el blanco preferido de los grafiteros, al estudiante de quinto semestre se le ocurrió hacer su propio aporte en una pared.

“Decidí plasmar un rostro gigante de Samper en un muro de la universidad descascarándolo de a poco, aprovechando que las paredes de la institución eran pintadas muchas veces”, recuerda. Es que el primer interés artístico de Salazar Arenas era dedicarse a la técnica del grabado, pero después comprendió que podría llegar a resultados similares, y con menores costos económicos para su bolsillo, con la pintura.

A partir de esa desacralización de Samper en la UN, todo empezó a suceder muy rápido en la vida del artista. En su universidad recibió una mención del salón Francisco Antonio Cano, distinción que, afirma, sólo recibían los estudiantes de semestres superiores. Lo siguiente fue su entrada directa al VIII Salón Regional de Artistas, en la Estación de la Sabana, de Bogotá. “Todo estaba pasando demasiado rápido –recuerda–, y empecé a sentir que cada paso debía ser mejor que el anterior”. Tanta presión lo llevó a enfundar el lienzo durante varios meses, sin haberse graduado, y a aceptar una beca de intercambio cultural con la Universidad Politécnica de Valencia, España. Luego, con mayor orden en su cabeza y en lo que sería su vida en lo sucesivo, regresó a concluir sus estudios y a graduarse en el 2000.

A partir de ahí, llegarían más oportunidades en exposiciones colectivas e individuales. La primera de ellas, Anónimos, se dio en 2000 en la galería Sala de Espera Luego vendrían otras con títulos tan sugerentes como Orden público, Ur-vanidad, In fraganti, Estado de conmoción y Daño colateral.

Hoy, sabe que está sembrando los frutos que luego ha de recoger. Desde hace varios años hace parte de los artistas representados por el galerista Fernando Pradilla, y es un absoluto convencido de que el comercio del arte no puede ser directo, que siempre es necesario el apoyo de las galerías de arte.

Hace dos años aceptó impartir una cátedra en la carrera de Publicidad de la universidad Jorge Tadeo Lozano. Cada vez con menos tiempo pero con todos los bríos para seguir evolucionando en su arte y para ocuparse de su familia, todavía puede sacar unos instantes para armar y volar aeromodelos, mientras escucha algún buen disco de heavy metal. Iron Maiden, Metallica y Judas Priest son las bandas de sus mayores afectos.

Después de la muestra de Madrid, vendrá para Carlos Salazar Arenas la posibilidad de contar con obra nueva en ferias de arte de en diferentes países de América y Europa. Mientras tanto, a los espectadores nos queda maravillarnos y horrorizarnos a la vez con la obra de un artista que, volviendo al poeta Díaz-Granados, “nos devuelve a las víctimas, a los verdugos y al lugar de los hechos en protagonistas de una geografía estética donde Salazar Arenas es consciente de su papel de narrador omnisciente de los sucesos”.

 

 

* Jaime Andrés Monsalve B., periodista manizaleño, ha sido autor de libros sobre música, así como editor cultural de Revista Cambio y jefe de Redacción de Revista SoHo.


LA REALIDAD DEL SIMULACRO

 Por: Santiago Espinosa 

Pensemos que estas pizarras de Carlos Salazar Arenas no ocupan los espacios del museo ni las paredes de ninguna academia. Que están allí, sin nada que nos proteja de ellas. Vemos los militares o “Anti-motines”, casi ridículos desde sus gritos de polvo. Los estudiantes que esperan por la lección y no saben que la lección son ellos mismos. Las obras de “los grandes maestros”, son ellos y no son ellos, trasfigurados en estos tableros como a través de un millón de fotografías,  memorias y clases de arte, como efectivamente ocurre con la cultura contemporánea.

 Estas obras, pudieron comenzar como el intento de un artista profesor, que como tantos ha tenido que dar clases para ganarse la vida, pero no es así. Salazar se ha encontrado con una violencia más poderosa de la que hubiera querido ver, va más allá de colorear fotos de prensa y de dar clases inteligentes, nos daría miedo encontrarnos con una de estas piezas en una casa vacía, como si viéramos la máscara de un muerto. Esta violencia es más extendida que la de las fotografías que escoge como modelo. En sus creaciones la amenaza se da siempre, sin conjuros ni redenciones.

Violencia de un “Gran mundo” que aprendimos en la universidad, entre citas y libros de segunda mano, siempre a través de las fotocopias. Violencia de una memoria estudiantil asociada a los enfrentamientos con la autoridad. Violencia de la prensa que ha escogido el primer plano, quizás para impedirnos los otros, para decirnos lo que hay que mirar y aprender. Violencia de la ciencia que ha convertido el mundo en un plano cartesiano. Violencia del continente, la de aquellos que  han desaparecido de la vida como siluetas de tiza. Violencia de la educación.

Salazar le da espacio al “Museo Imaginario”. Velásquez pintaba cuerpos para que de cerca -o eso vio en ellos Francis Bacon-, detalláramos en sus trazos corrosión y miseria. Aquí ocurre el proceso inverso. Se pinta un cuadro de Velásquez con tiza muerta para decirnos que en su lugar existió alguna vez la pintura, única e irrepetible.

Salazar es un buen dibujante cuando nadie necesita de buenos dibujantes. El asunto es que él, a diferencia de sus antecesores que imita, Rubens, Boticcelli o Velásquez, pinta con maestría para decirnos que no hay grandes maestros, sólo intérpretes. Dibuja bellamente para trazar detalladamente las coordenadas de algo que se corroe.

“Aprender a mirar”, decía Rilke en sus diarios. Nietzsche les atribuía la misma tarea a los artistas del futuro. Salazar, sin detener las violencias en el punto donde comenzaron, hace que veamos sus cuadros desde todos los ángulos, porque quiere espectadores menos inocentes.

 Aún queda mucho por borrar. No está todo perdido para la educación, después de todo.